Antes de su cierre en 1996, el zoo en Stanley Park, en Vancouver, reunía una colección de cerca de 50 animales, incluidos serpientes, emús, lobos, monos, canguros y osos polares. Entre los animales que parecían más desdichados, muchos de los cuales sufrían claramente el estrés de la cautividad, se encontraban unos cuantos pingüinos de Humbolt. Los visitantes solían quedarse de pie alrededor de la jaula mientras los pingüinos se deslizaban por un tobogán circular hacia una diminuta piscina poco profunda.
El valor educativo de ese espectáculo era menos de cero. Sí, los niños se divirtieron, pero no aprendieron nada de la realidad de la vida de estas criaturas.
¿Se privó a nuestros hijos de aprender sobre los pingüinos como resultado del cierre del zoo? Por supuesto que no. La “Marcha de los pingüinos”, la película francesa ganadora de un Oscar en 2005 y narrada por Morgan Freeman, ha sido vista por cientos de miles de niños de todo el mundo. Los niños han aprendido mucho más de los pingüinos con esta película de 90 minutos que lo que podrían haber aprendido visitando el zoo a lo largo de toda su vida.
A las belugas y otros cetáceos que hoy languidecen en los parques marinos no les irá mejor de lo que les fue a los pingüinos. Y el valor educativo de ver a estos majestuosos animales nadando en círculos y haciendo piruetas tiene mucho que ver con lo mismo.
Básicamente, hacer que los niños vean delfines en cautividad es educar mal. Los niños no aprenden nada sobre la realidad de la vida de la beluga en estado silvestre. No se les explica que los animales que están viendo están sufriendo, que algunos han sido obligados a separarse de sus familias, que la vida que están viviendo en sus diminutas piscinas no es un facsímil de su vida en libertad, no se les explica que lo que están viendo son animales que han sido privados de la rica calidad de vida que la naturaleza les ofrecía.
Tal como afirmó Jacques Cousteau, oceanógrafo y respetado educador: “El beneficio educativo de ver a un delfín en cautividad sería como intentar aprender sobre la humanidad viendo a un prisionero aislado en una celda”.
Nadie puede cuestionar que los cetáceos – ballenas y delfines – son muy inteligentes. Más aun, son seres sensibles. Un artículo en octubre de 2004 en la revista Journal of Applied Animal Behaviour Science concluyó que los cetáceos tienen autoconciencia, se reconocen a sí mismos delante de un espejo, tienen, al igual que los humanos, emociones de alegría y pena, manifiestan culturas o comportamientos adquiridos a través del aprendizaje social y han sido observados cuidando a los enfermos de su comunidad.
Hoy en día tenemos además la prueba científica de que los cetáceos y los humanos son miembros del mismo club exclusivo evolutivo puesto que compartimos tipos similares de células cerebrales o neuronas fusiformes (ver ‘¿Un delfín es una persona?’ en el número de febrero de 2010 de la revista Science Magazine). La diferencia con nosotros es que los cetáceos llevan habitando este planeta 15 millones de años más que nosotros.
Con razón las ballenas y los delfines, al igual que los humanos, sufren enormemente en cautividad. La Humane Society of the United States ha concluido que “el cautiverio de pequeños cetáceos como los delfines en pequeñas piscinas, que solo son entre 6 y 7 veces la longitud de su cuerpo, es inhumano a un nivel casi inconcebible.”
Y las ballenas y los delfines sufren, ya sea sacándolos de su estado salvaje o reproduciéndolos en cautividad. Es falso aquello que dicen de que los seres sensibles nacidos en cautividad no sufren porque nunca han experimentado un hábitat natural. Millones de años de evolución y de adaptación a la vida no desaparecen en una generación.
Ocean Sentry