El año empezó mal para la ballena franca del Atlántico Norte en peligro crítico. En enero fue hallada muerta una joven ballena enredada en unos cabos de pesca frente a la costa de Virginia. Peor aún, los científicos todavía no han visto a ninguna cría en los lugares de alumbramiento frente a las costas de Florida y Georgia.
El año pasado tampoco lo fue. Se sabe que solo nacieron 5 crías y que murieron al menos 17 ballenas.
Solo quedan unas 450. Una vez esquilmadas por la caza comercial, la especie había hecho una lenta recuperación durante las últimas décadas, llegando a las 480 en 2010 de las aproximadamente 270 en 1990. Pero desde entonces su recuperación se ha tambaleado y sus números están descendiendo. Si no hacemos algo, en poco menos de 20 años las hembras reproductoras que están vivas ahora puede que hayan muerto, dejando apenas esperanza para la especie. ¿Cómo se ha llegado a este extremo, en especial desde que la ballena lleva protegida desde hace décadas?
Ahora las ballenas no están muriendo arponeadas sino por las colisiones con barcos y las heridas producidas por los cabos y equipos de pesca cada vez más resistentes. La ruta migratoria desde su lugar de alumbramiento hasta sus áreas estivales en el Golfo de Maine y la Bahía de Fundy está atravesada por innumerables rutas marítimas y áreas repletas de millones de trampas para langostas y cangrejos y miles de millas de cabos. El desastre es inevitable. Se sabe que el 80 por ciento de las muertes están provocadas por los humanos. Puede que nuestras acciones sean accidentales pero están resultando catastróficas.
Entre los años 2000 y 2008, el 44 por ciento de las muertes causadas se debieron a colisiones con barcos, más que por enredos en equipos de pesca. Pero el desvío de las rutas marítimas y el requerimiento de reducir la velocidad allí donde se sabe que están las ballenas alumbran o se alimentan redujo en un 15 por ciento el número de muertes por colisión entre 2009 y 2016.
Ahora, sin embargo, son los enredos los que están amenazando el futuro de la especie. Durante ese mismo periodo, el 85 por ciento de las muertes se debieron a enredos. El pasado verano fue un año particularmente nefasto. En lugar de regresar a sus lugares de alimento tradicionales en la Bahía de Fundy, donde están en vigor varias protecciones, las ballenas llegaron hasta el golfo de San Lorenzo, en Canadá, donde quedó enredado un alarmante número de ballenas en las trampas para cangrejos y cabos.
La amenaza que suponen estos equipos es difícil de atenuar. Un estudio de todas las fotografías disponibles de ballenas francas tomadas entre 1980 y 2009 halló que el 83 por ciento de las ballenas había quedado enredado en equipos de pesca al menos una vez. De este número, más de la mitad se enredaron al menos dos veces y algunas hasta siete. Otras, incapaces de desprenderse de los cabos por sí mismas, murieron ahogadas. La mayoría consigue romperlos y algunas acaban muriendo posteriormente debido a las lesiones sufridas.
El veterinario Michael Moore de la Institución Oceanográfica Woods Hole lleva más de dos décadas realizando las necropsias de las ballenas francas. Año tras año ha visto las crueldades infligidas por los equipos de pesca que la mayoría de nosotros nunca ve: cabos cinchados fuertemente en aletas y cuerpos, cortando la grasa, músculo e incluso el hueso: cabos atravesando sus bocas, incrustándose e impidiendo que puedan alimentarse con facilidad. Las hormonas del estrés se disparan. Finalmente acaban muriendo por emaciación, hambruna, infecciones o una combinación de las tres.
Las ballenas son animales muy inteligentes. El Dr. Moore y sus colaboradores describen las graves heridas que ven de “involuntariamente barbáricas” y el dolor que sufren de “persistente” y “extremo”. Los enredos, escriben en un informe, es “una de las peores formas de muerte provocada por el ser humano a un animal salvaje”. Es lo más parecido a una “tortura”, dicen.
En el caso de las hembras, los enredos ayudan a explicar el descenso del 40 por ciento en el número de nacimientos desde 2010. Los enredos consumen energía valiosa y necesaria para el embarazo y la lactancia: arrastrar pesados cabos y aparejos de pesca aumenta la resistencia 1,5 veces de promedio y entre 3 y 4 veces si una ballena está arrastrando una trampa para langostas. El Dr. Moore y la bióloga marina Julie van der Hoop lo comparan con un humano nadando largas distancias vestido con unos vaqueros, una pesada chaqueta y botas de trabajo. Su investigación halló que los enredos obligan a las hembras hasta el 42 por ciento del “presupuesto” energético diario.
Las hembras deberían alumbrar cada 3 o 4 años; ahora alumbran cada 8 como mucho, según un informe elaborado el año pasado por el Consorcio de la Ballena Franca del Atlántico Norte. Aquellas que sobreviven a enredos graves mueren por lo general prematuramente. Sus vidas reproductivas se acortan. Las ballenas francas deberían vivir al menos hasta los 70 años, pero los científicos estiman que actualmente la esperanza de vida de una hembra es de entre 27 y 28. “Los cabos de la industria pesquera son una amenaza existencial para la supervivencia de la ballena franca del Atlántico Norte”, advertía el biólogo Scott Kraus del Acuario de Nueva Inglaterra en un informe reciente.
Hemos sacado la ballena del borde de la extinción antes. Podemos volver hacerlo, pero para ello se requieren varias medidas.
En primer lugar, hemos de reducir aun más las colisiones con barcos. Las ballenas francas se están desplazando hacia Canadá, buscando nuevos lugares de alimento en el golfo de San Lorenzo. Canadá debería introducir reducciones obligatorias temporales de velocidad. A la vez, Estados Unidos debería ampliar la vigilancia aérea en sus aguas para monitorizar las rutas que están siguiendo las ballenas dentro y fuera de un área protegida de la bahía de Cape Cod e introducir límites de velocidad obligatorios en estos lugares.
En segundo lugar, necesitamos eliminar los peligrosos e inhumanos cabos. Hace más de una década, los científicos determinaron que los pescadores de langosta de Maine podrían captura las misma cantidad de langostas en una temporada más corta con solo una fracción de las trampas, reduciendo los cabos en el agua. Canadá está considerando cambiar las fechas de la pesca de cangrejo para reducir el solapamiento con las ballenas.
Además, la bióloga Amy Knowlton del Acuario de Nueva Inglaterra halló que, durante las últimas décadas, a medida que los fabricantes han ido desarrollando cabos sintéticos más fuertes, la gravedad de los enredos ha aumentado. Su investigación sugiere que cabos menos resistentes podrían reducir la mortandad por enredos en un 72 por ciento sin alterar la captura.
Finalmente, el gobierno federal e instituciones de investigación apoyadas por fundaciones privadas deberían invertir en la investigación y desarrollo de técnicas pesqueras “sin cabos” y poder subir las trampas a la superficie de forma electrónica, evitando el uso de cabos.
Debemos actuar audaz y rápidamente. Con solo unas 100 hembras reproductoras, no nos queda mucho tiempo.
Ocean Sentry