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George Muller: El acuerdo sobre la caza de ballenas entraña graves peligros

El científico George Muller dice que el compromiso sobre la caza de ballenas no se basa en la conservación

Los debates más recientes se han centrado en buscar una solución diplomática a la caza de ballenas, como si un agradable escenario para salvar las apariencias fuese a contentar de algún modo a todas las partes.

Lamentablemente, la ciencia no se lleva bien con la política y raras veces los acuerdos favorecen la protección de las especies en peligro de extinción.

La caza comercial de ballenas viola multitud de tratados de derecho internacional, incluidos el Tratado de la Antártida, la Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos (CCAMLR) y el Convenio sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre (CITES). Al igual que necesitamos prohibir el comercio de marfil, cuernos de rinoceronte y productos derivados del tigre, también hemos de prohibir el comercio de la carne de ballena. Permitiendo la excepción, saboteamos todo el proceso y abrimos la puerta a la futura explotación de cualquier o de todas las especies amenazadas.

Llegar a acuerdos que permitan la caza comercial de ballenas solo crearán y fomentarán la demanda de carne de ballena. Se ha demostrado que fijando un precio y proporcionando un mercado para la venta de especies amenazadas se crea más demanda que lleva a sus inevitables asociaciones como son la caza furtiva y el mercado negro, tal como ocurre con el marfil y los balleneros piratas.

La gente siempre está dispuesta a pagar lo que sea por la fauna salvaje en peligro de extinción. La historia humana está repleta de actos de egoísmo y avaricia. La lista de extinciones provocadas por el humano es impresionante, incluso en la historia reciente.

Los balleneros siguen teniendo que demostrar que la caza sostenible de ballenas es posible. La Comisión Ballenera Internacional (CBI) ha venido rechazando esta ‘sostenibilidad’ a pesar de los más de 20 años de ciencia fraudulenta y de sus exigencias de retomar la caza comercial. Y es que aunque se introdujeran estrictas regulaciones, no existe garantía alguna de que funcione. La gestión de la pesca es una ciencia extremadamente inexacta, tal como demuestra el hecho de que más del 80 por ciento de las pesquerías en todo el mundo se encuentran ya sobreexplotadas.

Resulta demasiado fácil fijar una cuota excesivamente generosa y agotar la población, especialmente cuando esa ‘pesquería’ no tiene como objetivo peces sino mamíferos de largas vidas con crecimientos y reproducciones lentas.

El término ‘caza sostenible de ballenas’ es una teoría, no es un concepto demostrado.

Las técnicas de gestión propuestas se basan en un conocimiento insuficiente de las poblaciones y de la biología básica y cualquier monitorización real de la caza en zonas remotas sería complicada y costosa, teniendo inevitablemente que confiar en el zorro para la gestión del gallinero.

Desgraciadamente, la ‘gestión de la pesca’ se convierte sin excepción en un conflicto entre el beneficio a corto plazo a expensas de la conservación a largo.

Las pesquerías en todo el mundo han venido caracterizadas por agotar consecutivamente las poblaciones y especies y la caza de ballenas no es ninguna excepción.

También es cierto que cuanto más poco común se hace algo más valor tiene. Japón ilustra este concepto de forma bastante acertada en su persecución hasta la extinción del último atún rojo del Pacífico.

Varios observadores ya han reconocido el patrón de repulsa de Japón a los controles en cualquier ‘pesquería’ por temor a que ello establezca un precedente.

El problema son sus intereses pesqueros, así como los efectos medioambientales asociados, es que implican comúnmente aguas no territoriales y el problema del cumplimiento en el mar, donde nadie puede ver lo que uno trama, lo que resulta muy fácil someterse o que se ignoren las regulaciones.

La cínica manipulación que hacen los balleneros japoneses de la laguna jurídica de la caza de ballenas con fine “científicos” demuestra claramente su mofa hacia las regulaciones, y su objetivo por hembras gestantes y especies amenazadas revela que no tienen ningún interés por la conservación.

Confiar en los balleneros para que emprendan la futura caza comercial de ballenas en base a regulaciones y cuotas arbitrarias comportaría un enorme riesgo. Si volvemos a abrir la puerta a la caza comercial de ballenas entonces será emuy difícil volver a cerrarla.

Una retorcida defensa habitual de la caza de ballenas es que forma parte de la ‘cultura’ japonesa, ignorando deliberadamente el hecho de que en Japón el consumo de carne de ballena a gran escala empezó después de la Segunda Guerra Mundial y que nunca fue una tradición enviar una flota ballenera al otro extremo del mundo.

Un argumento intencionadamente obstinado que a menudo se repite es que los hindús veneran a las vacas y sin embargo no nos imponen sus costumbres.

Las vacas que se consumen en Nueva Zelanda no están en peligro de extinción y mueren de forma humana en mataderos autorizados. Tampoco son vacas de la India ni las matan cerca del territorio indio.

La caza de ballenas no tiene cabida desde ningún ángulo. Son especies migratorias que Japón no puede reclamar, ya sea por motivos culturales o cualquier otro. El argumento sobre la caza de ballenas no tiene que ver con que Occidente diga a los japoneses lo que deben o no comer.

El punto que a menudo se pierde entre la retórica es la simple biología: matar fauna salvaje en peligro de extinción es una receta para la sobreexplotación y la extinción.

Si una parte de los japoneses quiere comer carne de ballena entonces siguen habiendo miles de toneladas de carne amontonada sin venderse en los almacenes japoneses.

La ‘cultura’ no ha de servir de excusa para hacer mal las cosas de forma intencionada. La verdadera gran cultura es aquella que se permite a sí misma madurar y progresar en lugar de aferrarse tercamente a una forma errónea de hacer las cosas.

Japón tiene que comprometerse a largo plazo. Es obvio que todas sus negociaciones y acuerdos a puerta cerrada en la CBI están dirigidos a un regreso total a la caza comercial de ballenas.

Lamentablemente, a pesar del resultado de estos debates, Nueva Zelanda ha demostrado su debilidad en una resolución que únicamente fortalecerá la determinación de los balleneros para mantenerse en su trayectoria.

George Muller

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