El zumbido incesante de los motores de los barcos junto con el tráfico de las rutas marítimas no solo altera el comportamiento de las ballenas sino que también afecta físicamente a estos gigantes mamíferos provocándoles estrés crónico, según ha informado por primera vez un estudio publicado el miércoles.
Los hallazgos han sido posibles, dicen los investigadores, debido a un suceso que a primera vista podría parecer lejos de ser la causa: los ataques a las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001.
Solo una catástrofe de esa magnitud, explican los investigadores, podría haber causado el paro repentino del tráfico marítimo, haciendo posible medir el impacto de los niveles variables de la contaminación acústica en el mar.
Durante los últimos 50 años el ruido provocado por los buques mercantes y los buques militares, junto con el sonar empleado para la exploración de crudo, ha aumentado gradualmente en intensidad y alcance.
Las ballenas barbudas se comunican a la misma longitud de onda de baja frecuencia emitida por estos buques, en el rango de 20 a 200 hertz (Hz) y algunas especies se han adaptado emitiendo señales acústicas más altas y frecuentes.
Solo unas semanas antes del ataque del 11-S, científicos dirigidos por Rosalind Rolland, del Acuario de Nueva Inglaterra en Boston, habían llevado a cabo un estudio de las ballenas francas del Atlántico Norte que se congregan a finales de verano en la bahía de Fundy, en Canadá, para alimentarse y criar a sus crías.
En julio de 2001, los investigadores emplearon perros adiestrados para hallar materia fecal flotando en la superficie del agua. Recogieron muestras cada año durante un periodo de seis semanas hasta 2005.
El excremento de las ballenas contenía químicos relacionados con las hormonas llamados glucocorticoides, que reflejan los niveles de estrés que podrían cambiar de un día a otro o incluso en horas.
Cuando los investigadores advirtieron el descenso en los niveles de ruido submarino, se dieron cuenta que sería una oportunidad para investigar si la contaminación acústica era una causa del estrés para las ballenas francas.
Hallaron que los cambios en la concentración de la hormona coincidía perfectamente con el repentino descenso y reanudación gradual del tráfico marino en el área.
‘Que sepamos, no había ninguno otro factor que afectara a la población que pudiera explicar esta diferencia a parte del descenso en el tráfico marino,’ concluyó el estudio, publicado en la Proceedings of the Royal Society B.
Los glucocorticoides son segregados en un estado de crisis como durante el ataque de un depredador, competidor o la hambruna. A corto plazo, esta ráfaga de hormonas ayuda a los animales a hacer frente metabolizando las reservas de grasa.
Sin embargo a largo plazo, las elevaciones constantes de esta hormona debido a situaciones de estrés se convierte en un perjuicio, llevando a un crecimiento acharrapado, un sistema inmune debilitado y a comprometer la capacidad para reproducirse.
Los estudios en animales terrestres han demostrado que esta clase de estrés crónico puede ser causado por el ruido de las motonieves, junto con el turismo o tráfico de carreteras.
Dado que viven, se alimentan y se reproducen tan cerca de la orilla, las ballenas del Atlántico Norte críticamente amenazadas de extinción ya están amenazadas debido a las colisiones por embarcaciones y enredos en los equipos de pesca, dos causas principales de la muerte de estos enormes cetáceos. Quedan en todo el mundo 475 ballenas francas.
‘La contaminación acústica procedente de fuentes antropogénicas presenta una alteración menos visible pero sin embargo muy extendida para estas ballenas que habitan las costas, pudiendo tener consecuencias muy negativas para la viabilidad de la población,’ concluye el estudio. Fuente
Ocean Sentry