Los peces han estado migrando hacia aguas más frías durante las últimas décadas debido al calentamiento de los océanos. Pero en la Antártida, el lugar más frío del planeta, las especies polares no tienen a donde ir.
Una investigación conducida por una científica de la Universidad de California (UC) en Davis revela que algunas especies polares han podido aclimatarse a las aguas más cálidas o a los niveles más altos de dióxido de carbono, pero no a ambos.
“Han evolucionado para vivir en condiciones muy frías y estables y ya están viviendo en el ecosistema más frío y estable de la Tierra,” dice Anne Todgham, profesora asociada del Departamento de Ciencia Animal de la UC, especializada en cómo la vida acuática lidia con los entornos cambiantes. Todgham estudia el estrés en criaturas marinas en una amplia variedad de lugares, incluido el continente cubierto de hielo en el extremo sur del planeta.
Los océanos absorben casi un tercio del CO2 que los humanos liberan a la atmósfera. Puede que eso sea bueno para el aire, pero no lo es tanto para la salud del mar. El cambio climático y la contaminación marina están estresando prácticamente toda la vida marina, pero Todgham dice que las especies polares puede que sean las más perjudicadas.
“Las aguas frías retienen más CO2, por tanto los niveles de CO2 están aumentando muy rápido en la Antártida,” dice Todgham. “Las especies polares viven por lo general mucho tiempo – 80 años más en algunos casos- por lo que no pueden evolucionar lo suficientemente rápido como para mantener el ritmo del calentamiento de las aguas y el aumento de la acidez.
Todgham ha realizado tres viajes a la tierra congelada, todos ellos durante el verano polar cuando las temperaturas van del punto de congelación a los -35ºC.
Todgham estudia dos especies de peces polares – el pez dragón desnudo y el pez de roca esmeralda – que viven en las oscuras aguas bajo el grueso hielo marino. Para llegar al pez, los investigadores perforarán nueve pies de hielo y buzos que buscan los huevos y juveniles de la especie en aguas polares donde incluso los gusanos y las arañas de mar son de tamaño son muy grandes.
“El agua fría retiene más oxígeno, por tanto la vida acuática puede llegar a ser realmente grande allí,” explica.
Los investigadores transportan los especímenes en vehículos a temperatura controlada a la estación de investigación para mantenerlos vivos. Las especies polares tienen proteínas especiales en sus cuerpos que actúan como anticongelantes de manera que pueden vivir en agua helada.
“Pero tan frío como es el agua, no es casi tan fría como el aire de fuera,” dice.
De regreso a la estación de investigación, Todgham y su equipo sitúa los huevos y los juveniles en cubos de plástico con agua a 2ºC, una temperatura que los científicos predicen será la norma en 80 años. Los investigadores bombean varios niveles de CO2.
Durante varias semanas, Todgham mide como lo afrontan los peces. Examina la expresión genética, la respuesta a estrés que poseen las células, los cambios metabólicos y los factores fisiológicos como el nivel de actividad y tasas de crecimiento.
“Estamos intentando predecir como lidiará cada especie con el agua más cálida y el aumento de las emisiones de CO2,” dice.
Los peces polares no tienen donde ir, pero hasta la fecha, parece que otras especies no han migrado a su ecosistema. La Antártida está rodeada por una corriente circumpolar que actúa como una barrera, de manera que no será fácil que la migración de criaturas acuáticas allí.
“Excepto para los cangrejos,” dice Todgham. “Al parecer pueden entrar avanzando por el fondo marino.”
Las especies nativas que estudia Todgham son una importante fuente de alimento para focas, pingüinos y peces más grandes, por lo que su desaparición podría tener efectos en cascada a lo largo de toda la cadena alimentaria. Y las especies polares puede que sean un barómetro de lo que se está desarrollando en nuestro patio trasero.
Ocean Sentry