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La Política de Extinción PDF Imprimir Correo
Domingo, 22 de Noviembre de 2009 11:05

Carolina Parakeet (Conuropsis carolinensis). Extinct (IUCN 3.1)

Sigue como un parásito o conviértete en un Guerrero de la Tierra

Artículo por el Capitán Paul Watson

Actualmente estamos viviendo en una era de extinción masiva. Cada año, más de 20.000 especies únicas desaparecen para siempre de este planeta, es decir, más de dos especies por hora. La extinción de especies es el combustible que sostiene el progreso siempre creciente de la maquinaria de la civilización.

Por lo general, los individuos humanos están aislados de la realidad de la pérdida de las especies. El promedio de seres humanos, ajenos al mundo natural y dejados llevar por actitudes antropocéntricas, ignora y se despreocupa del holocausto biológico que se transpira cada día.

Los hechos están claros. Se extinguirán más especies de plantas y animales a lo largo de nuestra generación que aquellas que hemos perdido por causas naturales durante los últimos doscientos millones de años.

Nuestra mera generación de humanos, es decir, toda la gente nacida entre 1930 y 2010, será testigo de la desaparición de entre un tercio y la mitad de todas las formas de vida en la Tierra, cada una de ellas el resultado de más de dos billones de años de evolución. Este deshielo biológico y lo que esto significa es el fin de la evolución vertebrada en el planeta Tierra.

La naturaleza está asediada a nivel mundial. Los biotopos o regiones medioambientalmente distintas, desde los bosques tropicales templados a los arrecifes de coral y estuarios costeros, se desintegran a la estela del asalto humano.

Durante los próximos cincuenta años la destrucción de los bosques y la proliferación de la actividad humana eliminarán más del 20% de todas las especies de plantas terrestres. Puesto que las plantas forman la base para las comunidades bióticas, su muerte llevará a la extinción a un número exponencialmente mayor de especies animales, quizás diez veces más como especies de fauna para cada tipo de planta que desaparezca.

Un acontecimiento cataclísmico natural hace sesenta y cinco millones de años provocó la extinción de los dinosaurios. Aún contando con una base de planta intacta, hicieron falta más 100.000 años para restablecer la diversidad biológica de fauna. Más importante aún es que la resurrección de la diversidad biológica implica una zona intacta de bosques tropicales para proporcionar una nueva especiación tras la extinción. Hoy en día los bosques tropicales están desapareciendo más rápidamente que cualquier otra bioregión, lo que asegura que tras la era de los humanos la Tierra seguirá biológicamente desolada para los eones siguientes.

El curso actual de la civilización apunta al ecocidio, es decir, la muerte de la naturaleza.

Al igual que un tren fuera de control, la civilización acelera por los senderos de nuestra propia fabricación hacia el muro de piedra de la extinción. Hay los pasajeros humanos que están sentados riendo cómodamente en sus asientos eligiendo no mirar por la ventana.  Los ecologistas son aquellos pocos perceptibles que tienen sus rostros pegados al cristal, viendo pasar los cuerpos de plantas y animales gritando. Los ecologistas activistas son aquellos muy pocos que intentan desesperadamente domar el fortificado motor de la avaricia que propulsa esta destructiva fuerza devastadora especeidal. Otros hacen sonar la alarma en un intento desesperado por ralentizar el monstruo mientras las autoridades, ciegas a su propia inmediata destrucción, golpean, disparan y encarcelan a aquellos que nos salvarían a todos.

Los humanos civilizados han estado transitando por la faz de la Tierra durante diez mil años dejando desiertos a su paso. Debido a nuestra memoria temporal, olvidamos la maravilla y esplendor de una naturaleza virgen. Examinamos la historia y la adaptamos a nuestras actuales percepciones.

Por ejemplo, ¿sabes que la costa del norte de África fue una vez un formidable bosque hace apenas dos mil años? Los fenicios y los cartagineses construyeron poderosos barcos con los fuertes troncos de la región. Roma fue el principal exportador de madera a Europa. El templo de Jerusalén se construyó con los gigantescos troncos de cedro, una imagen que adorna la actual bandera del Líbano. Jesucristo no vivió en un desierto, fue un hombre del bosque. Los sumerios fueron conocidos por talar para la agricultura los bosques de Mesopotamia.

La destrucción de la franja costera de bosque del norte de África impidió que la lluvia avanzara hacia el interior. Sin lluvia, los árboles murieron y nació el poderoso Sahara, creado por el hombre, y siguió extendiéndose hacia el sur a diez millas por año, avanzando por todo el continente africano.

Y así ocurrirá en Brasil. La lluvia frente el Atlántico azota el bosque tropical costero que los árboles absorben y envían de nuevo al cielo, precipitándose más al interior. Destruye la franja costera y el Amazonas se desertificará, tan simple como eso. Crea una franja en cualquier punto, entre la costa y las montañas, y las lluvias se detendrán. Lo hicimos antes cuando éramos relativamente primitivos. No hemos aprendido nada. Olvidamos.

Igualmente hemos olvidado las marsopas que una vez se apareaban y reproducían a lo largo de la costa de Nueva Escocia, esos sesenta millones de bisontes que una vez deambularon por las laderas de América del Norte, el oso blanco que una vez hace cien años vagó por los bosques de Nueva Inglaterra y las provincias marítimas de Canadá y que hoy recibe el nombre de oso polar porque es donde ha hecho su última parada.

Desaparecidos para siempre están el elefante, el león y el tigre europeos. Nunca más volverán a bendecir este nuestro planeta el pato del Labrador, el alca gigante y el periquito de Carolina. Perdidos para siempre se encuentran la ballena gris del Atlántico, la ballena franca de Vizcaya y la vaca marina de Steller. Nuestros hijos nunca verán pasar al cóndor de California en estado salvaje o a la mariposa azul de Palo Verde precipitándose de flor en flor.

La extinción es un concepto difícil de apreciar en su totalidad. Lo que ha sido ya no es ni volverá a ser nunca. Haría falta otra creación y billones de años para recrear la paloma mensajera. Es la pérdida de billones de años de programada evolución, la destrucción de la belleza, la obliteración de la verdad, la extirpación de la unicidad, las cicatrices de la telaraña sagrada de la vida.

Ser responsable de una extinción es cometer una blasfemia contra lo divino, el mayor de los crímenes posibles, más horrible que el asesinato, más espantoso que un genocidio, más monstruoso que la aparente perversidad ilimitada de la mente humana. Ser responsable de la completa y total destrucción de una forma de vida única y sagrada es arrogancia que rebosa maldad.

Y sin embargo, un periodista de California hace poco me dijo que ‘todas las secuoyas rojas de California no merecen la vida de un ser humano.’ Qué increíble arrogancia. Los derechos de una especie, de cualquier especie, deben tener precedencia por encima de la vida de un individuo o de otra especie. Es una ley básica de la ecológía que no tiene que ser alterada por primates que en sus mentes se han moldeado así mismos en leyendas divinas.

Cada una de los más de treinta millones de especies que bendicen este precioso planeta son esenciales para el bienestar continuado del planeta Tierra del que todos formamos parte, la entidad divina que nos creó fruto de la fertilidad de su útero sagrado.

Como capitán de barco me gusta comparar la integridad estructural de la biosfera con el casco de un barco. Cada especie es un remache que mantiene el casco intacto. Si fuera a la sala de motores y encontrara a mis ingenieros sacando los remaches del casco, me molestaría y naturalmente les preguntaría lo que están haciendo.

Si me dijeran que han descubierto que pueden conseguir un dólar por cada remache, entonces me plantearía tres cosas: Podría ignorarles, podría pedirles que repartieran los beneficios conmigo o podría echarlos a patadas de la sala. Si fuera un capitán responsable, haría lo último. Si no lo hiciera, pronto descubriría el océano brotando por los agujeros y mi barco, mi tripulación y yo mismo desapareceríamos poco después bajo las olas.

Y este es el estado del mundo actual. Los líderes políticos, es decir, los capitanes al timón de sus naciones estado, ignoran a los saqueadores de remaches o se reparten los beneficios entre ellos. Pocos imbéciles son expulsados de la sala de motores de la nave espacial Tierra.

Con los saqueadores de remaches al control, no falta mucho para que la integridad biosférica de la Tierra se colapse bajo el peso de la tensión ecológica y entren en tropel las mareas de la muerte. El precio del progreso será el colapso ecológico, la muerte de la naturaleza y con ello, el aterrador espectro de la destrucción masiva humana.

¿Y dónde nos lleva esto querido lector? ¿Vas a quedarte sentado, ajeno a la inminente destrucción? ¿Tú rostro está pegado a los cristales observando el sombrío saqueo del progreso o estás haciendo sonar la alarma, sacrificando los placeres materialistas de civilización y arriesgándolo todo?

La elección es exclusiva a esta generación. Las generaciones futuras no tendrán la oportunidad y aquellos que llegaron antes que nosotros no tuvieron la visión ni el conocimiento. Depende de nosotros, de ti y de mí.

Sé un parásito o conviértete en guerrero de la Tierra. Sirve a Tu Madre y prospera O sirve a la civilización y embadúrnate con la mugre y la culpabilidad del ecocidio.

Artículo por el Capitán Paul Watson
Activista medioambiental
Fundador y Presidente de la Sea Shepherd Conservation Society

Trabajo de Traducción: Ocean Sentry www.oceansentry.org

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