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Un futuro desolador se cierne sobre los organismos marinos del océano Austral

Una nueva investigación ha revelado que la acidificación del océano Austral provocará la formación de una capa de agua corrosiva por debajo de la superficie que disolverá las conchas de algunos organismos marinos calcificadores, un resultado que podría alterar dramáticamente las redes tróficas marinas. El estudio ha hallado que la profundidad a la cual ciertos organismos de concha pueden sobrevivir se reducirá dramáticamente, pasando de un promedio de 1000 metros a tan solo 83 para 2100.

Para finales de siglo, las condiciones óptimas para los microorganismos marinos en el océano Austral serán cada vez más limitadas, según un nuevo estudio conducido por la Universidad de Boulder, en Colorado.

En áreas localizadas este acusado estrechamiento del hábitat podría ocurrir de repente para un plazo corto de un año. Una transformación de esta magnitud causaría cambios en cascada en todos los ecosistemas oceánicos, afectando gravemente a las redes tróficas marinas y alterando las pesquerías globales.

Los pterópodos, un tipo de caracol marino, viven típicamente en los primeros 300 metros de la columna de agua del océano Austral. Debido a la acidificación, se prevé que para 2100 estos organismos solo puedan sobrevivir en los primeros 83 metros de agua, asumiendo que continúa el ritmo actual de emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera.

Los investigadores, dirigidos por la entonces asistente de investigación Gabriela Negrete-García de la Universidad de California en Boulder, llegaron a la conclusión basándose en datos de un modelo climático global y muestras de agua tomadas del océano Austral que rodea el continente de la Antártida.

Los pterópodos dependen de los iones de carbonato presentes de forma natural en el agua para construir y mantener sus conchas de aragonita mineral – una de las formas cristalinas del carbonato de calcio. A medida que los océanos siguen absorbiendo dióxido de carbono antropogénico – hasta la fecha han absorbido casi un tercio del total que hemos emitido – , la química del agua se altera, disminuyendo su ph así como la concentración de estos principales pilares de carbonato.

El estudio identificó la profundidad, conocida como horizonte, a la cual la concentración de iones de carbonato es inadecuada para sostener la producción de conchas de aragonita.

“No solo hallamos un horizonte a una profundidad honda, sino que de repente vimos aparecer un segundo horizonte poco profundo invadiendo el hábitat de los pterópodos,” dice Claudine Hauri, coautora del estudio y oceanógrafa del Centro Internacional de Investigación Ártica de la Universidad de Alaska Fairbanks.

El horizonte actual supera los 1000 metros en gran parte del océano Austral – una profundidad muy debajo del hábitat de los pterópodos.

El nuevo horizonte menos profundo sería una capa de agua corrosiva que empezaría a una profundidad media de 83 metros, reduciendo enormemente el hábitat viable de los pterópodos. Si eso ocurre, podría afectar enormemente a las redes alimentarias marinas y provocar cambios en cascada en todos los ecosistemas oceánicos.

La investigación sugiere que el cambio puede ser inevitable en enormes regiones del océano Austral, independientemente de los futuros esfuerzos de mitigación.

“Si mañana se frenaran todas las emisiones, este horizonte repentino seguiría apareciendo,” dice Nicole Lovenduski, de la Universidad de Boulder. “Y ese hecho inevitable, junto con la falta de tiempo para que se adapten los organismos, es lo más preocupante.”

El agua fría del océano austral es particularmente vulnerable a la acidificación. Las aguas frías facilitan la disolución del CO2 y hay afloraciones persistentes que traen agua rica en carbono a la superficie, disminuyendo aun más las concentraciones de iones de carbonato.

“Estos factores nos acercan todavía más a un umbral que podría ser letal para muchos organismos,” dice.

Hay importantes paralelismos entre el frío del océano Austral y los mares del norte que podrían indicar que las aguas costeras de Alaska corren un peligro similar.

El estudio ha sido publicado en la revista Nature Climate Change.

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