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Desolador futuro para la foca anillada

El hielo marino ártico está disminuyendo a un ritmo de un 12,8 por ciento por década – en 2012 se registró un mínimo sin precedentes. Este cambio drástico tiene multitud de repercusiones para todos los ecosistemas árticos, desde el aumento del tráfico marítimo – el primer buque portacontenedor cruzó el Océano Ártico en otoño de 2018 – hasta una alteración de las redes tróficas.

Pero para la foca anillada (Phoca hispida), no es la falta de hielo lo que puede afectarle más, sino la falta de nieve.

Aunque la foca anillada depende del hielo marino estable para alumbrar y alimentar a sus crías, también depende de una capa de nieve lo suficientemente gruesa para poder cavar sus refugios, y que puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Estos refugios le proporcionan aislamiento del frío extremo y ofrecen protección ante depredadores, manteniendo a sus crías alejadas de la visión de osos polares, su principal depredador- hasta que el momento del destete. Orcas, morsas, lobos, perros, glotones, tiburones e incluso gaviotas pueden depredar a sus crías. Además de proporcionar refugio, estos refugios disponen de agujeros de ventilación que permiten acceso directo al agua por debajo, permitiéndoles cazar bacalao ártico así como una variedad de crustáceos planctónicos necesarios para su supervivencia.

En años de nevadas precarias, las crías nacen sobre la superficie del hielo y la mortalidad de estas crías, que solo pesan 4,5 kg al nacer, es extremadamente alto.

Los científicos ya han observado y pronosticado que una alta mortalidad de crías está relacionada con condiciones ambientales precarias como la rotura temprana del hielo y las bajas nevadas. Los investigadores han ido un paso más allá combinando estas hipótesis con previsiones de las nevadas y el hielo en primavera, desarrollando un modelo matemático que los ha llevado a varias conclusiones desoladoras para las poblaciones frente al Golfo de Amundsen y la ensenada del Príncipe Alberto en Canadá.

“Fue sorprendente ver la poca nieve que se prevé para la construcción de sus refugios en el futuro,” dice la autora principal Jody Reimer, candidata a doctorado de la Universidad de Alberta.

Reimer quedó sorprendida tanto por la magnitud de los descensos previstos de la población – entre el 50 y el 99 por ciento para 2100 – como por el hecho de que estos descensos parecen estar provocados por la nieve insuficiente en el hielo, en lugar de por la rotura temprana de éste.

Además de los descensos generales de la población, el modelo prevé que habrá una proporción menor de focas jóvenes y crías a lo largo del tiempo, ya que muchas no llegarán a su adolescencia. En general, cada generación siguiente presenta un número cada vez menor y los efectos se ven más acusados en las etapas juveniles, en especial para una foca que puede vivir hasta 43 años.

La dependencia de esta especie al hielo marino y la nieve la convierte en un buen indicador del cambio climático. Es la especie de foca más abundante en el Ártico, con una enorme distribución geográfica y, por tanto, se ve expuesta a una amplia variedad de consecuencias derivadas del cambio climático. Además, los cambios en la composición de la comunidad marina ártica pueden verse a través de su dieta, cuando pasan a alimentarse de otra presa en respuesta a la disponibilidad.

Por tanto, como especie indicadora, la foca anillada ofrece información sobre la salud de los ecosistemas marinos árticos, pero esta información depende de la disponibilidad para detectar los cambios a gran escala derivados de los cambios climáticos. Igualmente, deben anticiparse los futuros desafíos ecológicos. Para la foca anillada en particular, dada su sensibilidad a la cobertura de nieve, es esencial una mejor comprensión de los factores que afectan a la supervivencia de adultos para evaluar la viabilidad de la población a medida que se va alterando el clima ártico.

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