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Dejar de comer carne y productos lácteos podría salvar el planeta: Naciones Unidas

La humanidad va en curso de colisión con la naturaleza. Actualmente nuestra especie destina el 72 por ciento del suelo a nuestro propio sustento, consumiendo entre un cuarto y una tercera parte de la producción primaria neta del planeta.

La productividad primaria neta es la cantidad de energía química contenida en los tejidos del vegetal, sin tener qqqen cuenta la cantidad de energía que la propia planta consume durante el proceso respiratorio. Dado nuestro acaparamiento de recursos, la cadena alimentaria es cada vez más precaria para el resto de especies.

No es de extrañar que estén desapareciendo tantas especies, se vean obligadas a desplazarse de los bosques y a sobrevivir en sus márgenes y los ecosistemas estén cada vez más degradados. Según la última evaluación de la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), el 40 por ciento de los anfibios, el 25 por ciento de los mamíferos, el 14 por ciento de las aves y el 33 por ciento de los corales corren peligro de extinción.

Y se prevé que vaya a peor. En 30 años, la población mundial humana habrá superado los 9.000 millones, que significa que tendremos que aumentar la producción alimentaria en al menos otro 70 por ciento.

A todo este se superpone la crisis climática, que expandirá los desiertos, alterará el patrón de precipitaciones y convertirá áreas cosechables hoy en día en verdaderos infiernos.

Son los desafíos que destaca el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en su último informe especial, en este caso sobre el uso de la tierra.

Las implicaciones son profundas. Del mismo modo que para abordar la crisis climática necesitamos abandonar la quema de combustibles fósiles y pasar a fuentes de energía limpias, abordar el desafío del uso de la tierra requiere cambios drásticos sobre lo qué comemos y cómo lo obtenemos.

Las dos crisis están estrechamente relacionadas. Los científicos dejan claro que si no abordamos el problema del uso de la tierra será imposible abordar totalmente el calentamiento global, ya que el 22 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero proceden de la agricultura, silvicultura y otros usos de la tierra.

Aunque los expertos del IPCC son cautelosos en el uso de su lenguaje y no hacen recomendaciones específicas, una prioridad que se extrae de su informe es que los países desarrollados deben abandonar sus dietas basadas en la carne y los productos lácteos.

Gran parte del suelo del planeta no se usa para alimentar directamente a los humanos sino para alimentar al ganado doméstico. El consumo de carne es nocivo y también un desastre medioambiental – la tala sistemática de bosques tropicales en Brasil, tanto para proporcionar pastos para el ganado como para el cultivo de soja que luego se exporta a Europa para alimentar al ganado europeo.

Rumiantes como las ovejas y las vacas no solo degradan el suelo directamente a través del sobrepastoreo y la contaminación, también liberan enormes cantidades de metano, un gas de efecto invernadero tres veces más potente que el dióxido de carbono.

Para los consumidores occidentales, dejar de comer carne es probablemente la contribución personal más importante para abordar tanto la crisis climática como la crisis de la biodiversidad. Un planeta principalmente vegetariano o, mejor aún, vegano podría reducir drásticamente el uso del suelo agrícola, dejando más tierra para la naturaleza.

Sin embargo, los lobbies ganaderos son poderosos. En Europa, los ganaderos reciben subsidios sin los que gran parte de la producción no sería rentable. En otras palabras, los europeos están pagando impuestos para la destrucción innecesaria de la tierra.

La situación es peor en Brasil. La elección de Jair Bolsonaro como presidente del país fue apoyada por el poderoso lobby de agricultores y ganaderos brasileños. La revista The Economist lo apodó “el jefe de estado más ambientalmente peligroso del planeta”. Bolsonaro fue elegido en una campaña en la que prometió explorar el potencial económico del Amazonas, retirando gran parte de la protección actual de la selva y de los pueblos indígenas del país.

Y no creas que la ternera que pasta en un prado es una apuesta mejor – la agricultura no intensiva usa enormes áreas de tierra y su productividad es mínima en comparación a la industrial. Por ejemplo, la producción de carne de cordero en el Reino Unido empobrece ecológicamente casi todas las tierras altas por una contribución trivial a la seguridad alimentaria del país.

El mejor enfoque general es el uso eficiente del suelo. Eso significa abandonar los productos derivados de la carne a la vez que se mejora la productividad en general, de manera que la población estimada de 9.000 millones de humanos para 2050 pueda sustentarse sin expandir el uso del suelo para fines agrícolas, y, mucho menos, a costa de los bosques tropicales.

Aunque muchos occidentales tienen una visión romántica de la ganadería de pequeña escala en países en vías de desarrollo, las condiciones a las que se enfrentan los ganaderos de subsistencia en África y el sudeste asiático son extremadamente duras. Más de 800 millones de personas siguen sufriendo malnutrición, muchas de las cuales apenas pueden producir suficiente para su propia supervivencia.

También necesitamos poner fin rápidamente a los subsidios que están animando el uso de biocombustibles. Una parte importante de la producción de maíz en los Estados Unidos va destinada a la producción de biocombustible. Quemar alimento para conducir un coche es un derroche alimentario alarmante que además hace aumentar el precio de los alimentos y agrava la malnutrición. El aceite de palma en Malasia e Indonesia es peor incluso, provocando la deforestación creciente que está destruyendo los últimos bastiones del orangután.

Será necesario un cambio drástico en nuestro estilo de vida y un enfoque totalmente distinto de la producción alimentaria. En resumen, debemos producir mucho más para una población humana creciente a la vez que reducimos nuestra dominación de la superficie de la tierra del planeta y permitimos la recuperación de los ecosistemas destruidos.

Para ello, hemos de acostumbrarnos a consumir menos productos cárnicos y aceptar las nuevas tecnologías. Puede que la nueva hamburguesa de origen vegetal producida en un laboratorio no sea tan “auténtica” como la tradicional de una ganadería intensiva o de pequeña escala pero es una opción mucho mejor para el planeta. Si podemos dejar unos pocos millones de kilómetros cuadrados de tierra podremos hacer incluso que vuelvan a recobrar su aspecto original, permitiendo a los ecosistemas reconstruirse naturalmente por sí solos y puedan secuestrar miles de millones de toneladas de carbono en el proceso.

Todavía no hemos perdido la batalla, pero un futuro mejor significará abandonar varios de nuestros hábitos y mitos más “queridos”. ¿Estamos preparados para hacerlo? La respuesta está tu plato cuando te sientes en la mesa para comer.

 

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